Viernes, día 25 de noviembre de 2022

 Te invitamos a que cierres los ojos, recuerdes lo que has hecho desde que te has levantado hasta llegar a colegio. Piensa en todas las personas que has visto hasta estar sentado en la silla. Mientras, respiramos profundamente. Tienes mucha suerte de estar aquí. Este rato es para ti. Este espacio es para que lo compartas con Jesús y María. Les saludamos, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.


LA LECCIÓN DE UN BUEN MAESTRO

Un estudiante universitario paseaba hacia finales de la tarde con un profesor al que todos los alumnos consideraban un amigo, dada su bondad y comprensión.

Mientras caminaban, vieron cerca del camino un abrigo y un par de zapatos viejos, que enseguida supusieron pertenecían al hombre que trabajaba en el campo de al lado y que ya estaba terminando el trabajo.

El alumno dijo al profesor:

  • ¿Hagámosle una broma...? Escondámosle los zapatos y agachémonos detrás de aquellos matorrales, a ver qué cara hace cuando no los encuentre!
  • Querido amigo -le dijo el profesor-, nunca debemos divertirnos a costa de los pobres. Tú eres rico y creo que puedes darle una alegría a este hombre. Pon algún billete dentro de cada zapato y escondámonos para ver su reacción, cuando los encuentre.

Así lo hizo el chico, y los dos se escondieron detrás de los arbustos.

Cuando el hombre pobre acabó su trabajo, cruzó el campo para ir a buscar el abrigo y los zapatos.

Se ponía el abrigo cuando deslizó un pie dentro del zapato. Enseguida notó algo raro y se agachó para ver qué era. Quedó boquiabierto viendo el billete; se preguntaba, mirando a su alrededor, ¿qué pudo haber pasado? No viendo a nadie se guardó el billete en el bolsillo y se puso el otro zapato. ¡La sorpresa fue doble, al encontrar el otro billete!

Golpeado por los sentimientos, el pobre hombre cayó de rodillas al suelo y dirigiendo los ojos hacia el cielo, exclamó en voz alta su agradecimiento...

Habló de su mujer enferma y sin ayuda y de sus hijos que no tenían lo necesario y que, gracias a una mano desconocida, no morirían de hambre.

Al estudiante, profundamente afectado, se le llenaron los ojos de lágrimas.

  • ¿Verdad que ahora te sientes más complacido, que si le hubieras hecho una broma...? -le comentó el maestro.

El chico contestó con total sinceridad:

  • Hoy he aprendido una lección que nunca olvidaré. He entendido perfectamente el sentido de: Es mucho mejor dar que recibir.


Gracias, Señor, por dar la ilusión y paciencia a nuestros maestros y profesores.

Gracias a todos los docentes que se dedica con su amor a enseñarnos a ser mejores personas.





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